Capítulo 16: Mortales corrientes
El silencio incómodo que se había apoderado de los anfitriones y los visitantes del otro mundo fue roto por el concierto poco musical del estómago de Mistral. El gato negro, incluso en su papel de deidad, no había renunciado a sus aires de aristócrata que no rebaja el morro ante cualquiera, y su estómago se rebeló ruidosamente.
Remi, a punto de estallar en carcajadas, solo soltó una pequeña risita, pero se llevó de inmediato la mano a la boca.
—¡Ruego al sabio Rí que no haga caso de este ruido! Nuestro compañero ha pasado los últimos días en ayuno y oración, y ahora le da apuro comer.
Los anfitriones sonrieron con indulgencia y de algún rincón del flesch apareció una gata. Se detuvo justo al lado de Mistral, como obligándolo a mirarla a los ojos. Mistral se quedó helado por un segundo, pero luego escaneó con su mirada de esmeralda a la gata de la casa.
Era una felina de pura cepa: atigrada, pero con unas rayas en el pelaje que resultaban francamente hipnotizantes. No se parecía a ningún otro gato que Mistral hubiera conocido jamás. Atlética, majestuosa, con el lomo arqueado y una cola gruesa pero roma. Sus bigotes largos, sus colmillos blancos y afilados, su mirada plateada... no gris, no azul, sino plateada y penetrante como un láser hicieron que Mistral diera un brinco desde su tocón y acompañara a la felina hacia la puerta.
Anemo, que ahora sostenía en la mano el Collar de los Dos Cielos, se puso rojo al instante, se aturulló y, balbuceando tonterías, se levantó para abrir la gatera.
—Je, je... creo que estos peludos necesitan oro, digo, aire... ¡Qué bonito! ¿A que sí?
Y en cuanto los gatos salieron al aire libre, la atmósfera cambió como por arte de magia. Los comensales parecían ahora parientes o amigos compartiendo mesa; en su rincón, los niños comían sin remilgos ni caprichos de niños mimados. Se reían entre dientes y hacían bromas sobre los bigotes que el café con leche caliente dejaba en sus caritas o sobre el eructo ruidoso de alguno de ellos.
Boo y Sirocco se imitaban mutuamente, manteniéndose en el centro de atención como chispas gemelas y juguetonas.
—¿Sabe, noble Rí? —empezó Remi, armándose de valor tras intercambiar una mirada con Eithne—. No queremos aprovecharnos de su hospitalidad y dejar que crean algo que no es verdad... —la escritora tragó saliva y apretó el brazo de Anemo con tanta fuerza que este apenas pudo contener una mueca—. Nosotros... nosotros no somos dioses, ¡somos mortales como ustedes!
Todos los ojos se clavaron en Remi, llenos de asombro, y Rí y la madre Rorria suspiraron aliviados al unísono. Remi también respiró. «¡Lo más difícil ya pasó!», pensó, y continuó con su confesión:
—¡Siento haber dado a entender que éramos las deidades de la profecía del Gran Druida! ¡No sé por qué la cueva nos arrojó a su mundo! Solo queremos que nos permitan quedarnos unos días más y... en cuanto las aguas bajen en Oweynagat, volveremos a casa.
Eithne se había levantado de su sitio y ahora estaba de pie entre Anemo y Remi, con las manos apoyadas en sus hombros en señal de apoyo.
***
Más allá del umbral del gran flesch, recién salido al aire frío de la postormenta, Mistral intentaba recuperar su planta de aristócrata parisino. Experimentaba una sensación extraña, completamente nueva. Intentó mirar a los ojos plateados de la felina celta, pero aquello superaba, por mucho, sus fuerzas de chat noir.
En un supremo esfuerzo de seducción, sometió su cuerpo a un suplicio inimaginable: metió su barriga redonda, arqueando el lomo en una línea que consideraba absolutamente majestuosa, pero era difícil, endiabladamente difícil querer parecer una pantera o un jaguar cuando tus actividades favoritas son la cena y la siesta.
«Mon Dieu, ¡creo que me he enamorado! ¡Espabila, zoquete, y di algo coherente!», se gritaba a sí mismo en su mente mientras, por la falta de aire y el hambre, se desplomaba cuan largo era contra el suelo, perdiendo el conocimiento.
No por mucho tiempo, tal vez un par de minutos, porque la felina de pura cepa lo despertó de inmediato con su lengua áspera. Lo lamió a conciencia por los ojos, por el hocico, por todas partes.
Mistral abrió los ojos, pero le dieron ganas de volver a cerrarlos al instante, de pura vergüenza.
—¡Yo soy Arr! —se presentó la salvadora—. ¿Estás bien?
«Di algo coherente, ¡di algo!», se repetía el gato en su mente, pero de su boca solo salió un:
—¡Mau! —anémico y sin sentido.
—Encantada, Mau. Levántate, que te enseño los alrededores. ¿Cazamos juntos?
Mistral intentó decir algo, lo que fuera, decir que su nombre no era Mau... «mau» había sido solo un balbuceo idiota, pero antes de que pudiera abrir la boca, Arr sacó de la nada un ratoncito y lo colocó a sus pies.
—Te has desmayado de hambre, ¡vamos! Come para reponer fuerzas y dar un paseo.
«Mon Dieu! ¡Espero que no me haya traído a Eolo!».
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